El sapo necesitaba comer, pero no le alcanzaba la plata ni para una cantina de mala muerte. Estaba absorto en su angustia, cuando oyó el zumbido de una mosca callejera. Al voltear la cabeza, vio a la muy puta entrando por la rejilla del alcantarillado y, sin pensarlo dos veces, fue a por ella.
Se encontraba tan ocupado siguiendo el sonido de la mosca, que no notó a una rata enorme que se le acercaba sigilosa por la retaguardia. Por cosas del destino o por esquivar un pedazo de mierda que venía por el tubo flotando, el sapo torció el cuello para percatarse de la proximidad del roedor y se adentró en la alcantarilla con salticos rápidos y cortos, mientras la rata lo perseguía a todo correr.
Aquella tubería era un verdadero laberinto. Ya el sapo estaba perdiendo todas sus fuerzas, cuando encontró un pozo y se zambulló. El instinto le decía que las ratas no sabían bucear. El pozo se comunicaba por debajo con otro pozo más ancho y bien iluminado. Salió del agua, se pegó a una de las paredes del pozo y, con respiración de yoga, logró controlar sus palpitaciones.
Ya se había calmado completamente, cuando un animal inmenso con la cara cortada y la boca peluda, metió su cabeza en el pozo y comenzó a soplar un gas que olía a aguacate podrido. El sapo saltó hacia la boca del animal para detener el soplido asqueroso, pero entonces oyó un chillido de espanto que le destrozó los pequeños tímpanos.
Sin esperar más, saltó de nuevo al agua y nadó hacia el otro lado. Prefería la rata...
Thursday, March 27, 2014
Monday, December 16, 2013
Homo Homo Sapiens
El vigilante fronterizo iba sin apuro hacia el lugar donde habían
reportado el aterrizaje de una avioneta supuestamente cargada de drogas.
Pasando cerca de un matorral, oyó un ruido extraño y descubrió a dos hombres
revolcándose desnudos. El militar, que no tenía ánimos para
bicocas, limitó su discurso a un regaño amistoso: - A ver, par de maricas,
si desaparecen rápido de aquí, que no estoy para ustedes.
Uno de los aludidos respondió ofendido: - Tú no puedes hablar conmigo
en ese tono, yo soy un dirigente del Partido. Esas palabras cambiaron
radicalmente la perspectiva del vigilante: desenmascarar a
aquel cabecilla libertino parecía una tarea más importante
que confiscar el contrabando. Sacó el arma de la funda y
replicó con profesionalismo: - Pues ahora vas preso, so cabrón.
El ex
funcionario recibió una condena de varios años de cárcel y, tras las rejas,
murió.
Sunday, October 20, 2013
La Droga Rubia
O mi padre era tacaño, o no ganaba lo
suficiente, o utilizaba el dinero en otros menesteres, pero lo cierto es que
nunca pasábamos las vacaciones en el mar. Algunos domingos nos llevaba a un bar
de la playa, donde alquilaba una habitación de mala muerte para poder
cambiarnos la ropa y descansar. Una vez subí mojado al cuarto por cierta
necesidad y, sin querer, pegué la espalda a un radio destartalado situado
encima de la mesita de noche. El temblequeo que sentí fue algo horrible: los
ojos se querían salir de su lugar y casi me trago la lengua. Por suerte, mi
hermano estaba cerca y desconectó el aparato. Pasado el susto, mi madre juró
que sus hijos no iban a ir nunca más a esos lugares de perdición. El verano
siguiente, mi padre no tuvo otro remedio que alquilar por un mes un pequeño apartamento
adosado a una casa en la playa de Santa Fe.
Las mejores playas cerca de La Habana se encuentran al este de la ciudad, pasando el poblado pesquero de Cojimar. La costa al oeste de la bahía, empezando desde el famoso malecón, está formada de una roca llamada diente de perro, con muy poca arena en algunos lugares: las playas de Marianao, Jaimanitas y Santa Fe. Esta última estaba cuajada de erizos negros y blancos, pero para un niño de doce años esa playa era un verdadero paraíso. No voy a relatar todas las tonterías que ocurrieron durante aquellas vacaciones, cuento sólo las que recuerdo.
El apartamento lo alquilaba una señora entrada en años. No logro recordar su cara, pero el nombre era inolvidable: Caritina. La vieja vivía en la casa con su hijo Guido, el cual siempre estaba repitiendo que los hombres debían experimentar todo, por eso él ya había probado todas las drogas conocidas. Yo no sabía que rayos eran las drogas, creía que hablaba de mujeres.
Guido me ayudó a conseguir un puesto de acomodador de bolos en la bolera de Santa Fe. Era un trabajo divertido: empujaba un pedal ancho de madera y del piso salían unos pinchos gruesos, encima de los pinchos colocaba los bolos que tenían un hueco debajo en el centro. Después liberaba el pedal, los pinchos bajaban y los bolos quedaban preparados para el próximo lance de aquellas bolas gigantescas. Entonces yo brincaba hacia un muro alto para evitar posibles golpes. Por cada operación daban un níquel. El dinero que ganaba, lo gastaba en refrescos en el bar de la bolera al final de la jornada para cumplir con aquel letrero que colgaba en el espejo de la cantina: "El camello es el animal que más tiempo resiste sin beber. No sea usted camello".
Así hubiese pasado mis vacaciones completas, pero durante el cuarto día de labor, en un momento de descuido, un bolo saltarín pegó fuerte en mi pómulo derecho. Enseguida aplicaron hielo en el lugar del golpe, pero la hinchazón cerró completamente el ojo. Desde ese día mi madre me prohibió entrar a la bolera y empecé a dedicar más tiempo a la playa. Yo sentía que era un pez en el agua, nadaba rápido en cualquier posición, lo mismo flotando que sumergido. No tenía problemas con el diente de perro ni con los erizos porque usaba un par de zapatillas de goma gruesa. Un día, no sé si un erizo encontró algún hueco en la zapatilla o si una de sus púas resultó muy dura para la goma, pero acabé con un pedazo de erizo dentro del dedo gordo del pie izquierdo. El dolor era inaguantable. Un amigo dijo que la púa salía con orine. Primero oriné yo, sin resultado. Luego les pedí a varios amigos que orinaran sobre mi dedo, pero estos, por falta de puntería o por fastidiar, me orinaron casi completo. Llegué a la casa todo meado para recibir un pescozón de mi madre. Después de una buena ducha, fui a la clínica. Allí sacaron la púa del dedo y vacunaron la nalga contra el tétano.
Pasado el incidente con el erizo, seguí disfrutando mis vacaciones hasta una semana antes de la fecha planeada para regresar a La Habana. Ese día mi hermano amaneció vomitando y con dolores fuertes en el abdomen. Mi madre llamó al médico y éste diagnosticó apendicitis aguda. Lo llevamos urgentemente al hospital y el cirujano de turno confirmó el diagnóstico. Mientras operaban al enfermo, mi madre llamó al tío mío para que me recogiera y localizara a mi padre. Fui con el tío a una casa de dos pisos, tocamos en uno de los apartamentos. Mi padre entreabrió la puerta en calzoncillos y nos miró con aire de extrañeza. Mi tío que es un poco teatral, le dijo con tono solemne: -"Gumersindo, ¡hay momentos en la vida de los hombres!", y se quedó callado. Mi padre se tambaleó del susto y dejó que la puerta se abriera un poco más. Entonces pude ver a aquella rubia desnuda encima de la cama. Recordé en ese instante las drogas de Guido, el hijo de Caritina.
Creo que aquel día dejé de ser niño.
Las mejores playas cerca de La Habana se encuentran al este de la ciudad, pasando el poblado pesquero de Cojimar. La costa al oeste de la bahía, empezando desde el famoso malecón, está formada de una roca llamada diente de perro, con muy poca arena en algunos lugares: las playas de Marianao, Jaimanitas y Santa Fe. Esta última estaba cuajada de erizos negros y blancos, pero para un niño de doce años esa playa era un verdadero paraíso. No voy a relatar todas las tonterías que ocurrieron durante aquellas vacaciones, cuento sólo las que recuerdo.
El apartamento lo alquilaba una señora entrada en años. No logro recordar su cara, pero el nombre era inolvidable: Caritina. La vieja vivía en la casa con su hijo Guido, el cual siempre estaba repitiendo que los hombres debían experimentar todo, por eso él ya había probado todas las drogas conocidas. Yo no sabía que rayos eran las drogas, creía que hablaba de mujeres.
Guido me ayudó a conseguir un puesto de acomodador de bolos en la bolera de Santa Fe. Era un trabajo divertido: empujaba un pedal ancho de madera y del piso salían unos pinchos gruesos, encima de los pinchos colocaba los bolos que tenían un hueco debajo en el centro. Después liberaba el pedal, los pinchos bajaban y los bolos quedaban preparados para el próximo lance de aquellas bolas gigantescas. Entonces yo brincaba hacia un muro alto para evitar posibles golpes. Por cada operación daban un níquel. El dinero que ganaba, lo gastaba en refrescos en el bar de la bolera al final de la jornada para cumplir con aquel letrero que colgaba en el espejo de la cantina: "El camello es el animal que más tiempo resiste sin beber. No sea usted camello".
Así hubiese pasado mis vacaciones completas, pero durante el cuarto día de labor, en un momento de descuido, un bolo saltarín pegó fuerte en mi pómulo derecho. Enseguida aplicaron hielo en el lugar del golpe, pero la hinchazón cerró completamente el ojo. Desde ese día mi madre me prohibió entrar a la bolera y empecé a dedicar más tiempo a la playa. Yo sentía que era un pez en el agua, nadaba rápido en cualquier posición, lo mismo flotando que sumergido. No tenía problemas con el diente de perro ni con los erizos porque usaba un par de zapatillas de goma gruesa. Un día, no sé si un erizo encontró algún hueco en la zapatilla o si una de sus púas resultó muy dura para la goma, pero acabé con un pedazo de erizo dentro del dedo gordo del pie izquierdo. El dolor era inaguantable. Un amigo dijo que la púa salía con orine. Primero oriné yo, sin resultado. Luego les pedí a varios amigos que orinaran sobre mi dedo, pero estos, por falta de puntería o por fastidiar, me orinaron casi completo. Llegué a la casa todo meado para recibir un pescozón de mi madre. Después de una buena ducha, fui a la clínica. Allí sacaron la púa del dedo y vacunaron la nalga contra el tétano.
Pasado el incidente con el erizo, seguí disfrutando mis vacaciones hasta una semana antes de la fecha planeada para regresar a La Habana. Ese día mi hermano amaneció vomitando y con dolores fuertes en el abdomen. Mi madre llamó al médico y éste diagnosticó apendicitis aguda. Lo llevamos urgentemente al hospital y el cirujano de turno confirmó el diagnóstico. Mientras operaban al enfermo, mi madre llamó al tío mío para que me recogiera y localizara a mi padre. Fui con el tío a una casa de dos pisos, tocamos en uno de los apartamentos. Mi padre entreabrió la puerta en calzoncillos y nos miró con aire de extrañeza. Mi tío que es un poco teatral, le dijo con tono solemne: -"Gumersindo, ¡hay momentos en la vida de los hombres!", y se quedó callado. Mi padre se tambaleó del susto y dejó que la puerta se abriera un poco más. Entonces pude ver a aquella rubia desnuda encima de la cama. Recordé en ese instante las drogas de Guido, el hijo de Caritina.
Creo que aquel día dejé de ser niño.
Wednesday, February 27, 2013
Tormentas Marítimas
El océano Pacífico lo he visto
varias veces, pero sólo desde la orilla. Nunca lo he atravesado en barco.
Quizás alguna vez me anime a hacerlo. Pero el Atlántico es agua de otro balde.
Ese sí lo he pasado muchas veces en buques de pasajeros o de carga. Tengo en mi
memoria innumerables historias de esas travesías, las cuales voy a ir soltando
poco a poco. Aquí les va una de ellas.
Esto ocurrió durante uno de mis viajes por el Atlántico en un barco soviético. Comenzó el viaje a finales de diciembre, o sea la fiesta de Año Nuevo me la pasé bebiendo vodka y cantando Kalinka a coro con el Capitán y el Comisario Político. No recuerdo el nombre del buque, pero era de carga. Yo iba de único pasajero desde La Habana a Kaliningrado. El viaje se demoró un total de 30 días con escalas en Nícaro y Szczecin.
En Nícaro el barco recibió una carga de mineral destinado a Polonia. Yo no presencié la operación porque me había ido a visitar a una amiga que estaba acampada haciendo no sé qué trabajo voluntario en la agricultura de un pedregal cercano. Regresé en la tarde y felizmente zarpamos en dirección noreste hacia el Canal de la Mancha.
Una noche, a la altura del Golfo de Vizcaya, nos atacó una tormenta feroz, y yo, que soy amante de las emociones extremas, subí al puente de mando para sentir mejor los bamboleos de la nave. Allí me encontré con algo inesperado, el segundo de a bordo estaba cuidando el timón y le corrían lágrimas abundantes por sus cachetes rosados. Me contó una historia bastante excitante dadas las condiciones en que yo la estaba escuchando.
No hay carga más peligrosa para un barco que el mineral pesado a granel. Si se deja una loma del mismo en la bodega, ésta puede correrse hacia un lado durante la primera inclinación provocada por una ola gigante y después el barco se sigue inclinando más y más en esa dirección inicial hasta que se vira totalmente. Para evitarlo, después de cargar el mineral, se introduce en la bodega un pequeño tractor con su operario para aplanar completamente la carga y evitar su corrimiento durante una posible tormenta.
El asunto era que el segundo de a bordo estaba encargado de controlar la carga y como se había ajumado aquel día en Nícaro, no se acordaba si habían metido al tractorista adentro o no. Yo le rogué que tratara de recordar o por lo menos que me mostrase como subir a los botes salvavidas. El tipo seguía llorando y me confesó que hacía un año, por otra borrachera, había sido bajado de primero de a bordo, responsable de navegación, a segundo y que si ahora se hundía el barco, lo iban a botar de la flota. Yo traté de consolarlo diciéndole que si se viraba el buque en esa tormenta no era probable que sobreviviera, así que no lo iban a poder echar de ningún lado. Parece que el tío no entendió mi razonamiento, porque empezó a llorar más fuerte todavía.
Así siguió derramando lágrimas hasta que al fin amainó la tormenta y se tomó un vaso de vodka que le traje de mi camarote...
Esto ocurrió durante uno de mis viajes por el Atlántico en un barco soviético. Comenzó el viaje a finales de diciembre, o sea la fiesta de Año Nuevo me la pasé bebiendo vodka y cantando Kalinka a coro con el Capitán y el Comisario Político. No recuerdo el nombre del buque, pero era de carga. Yo iba de único pasajero desde La Habana a Kaliningrado. El viaje se demoró un total de 30 días con escalas en Nícaro y Szczecin.
En Nícaro el barco recibió una carga de mineral destinado a Polonia. Yo no presencié la operación porque me había ido a visitar a una amiga que estaba acampada haciendo no sé qué trabajo voluntario en la agricultura de un pedregal cercano. Regresé en la tarde y felizmente zarpamos en dirección noreste hacia el Canal de la Mancha.
Una noche, a la altura del Golfo de Vizcaya, nos atacó una tormenta feroz, y yo, que soy amante de las emociones extremas, subí al puente de mando para sentir mejor los bamboleos de la nave. Allí me encontré con algo inesperado, el segundo de a bordo estaba cuidando el timón y le corrían lágrimas abundantes por sus cachetes rosados. Me contó una historia bastante excitante dadas las condiciones en que yo la estaba escuchando.
No hay carga más peligrosa para un barco que el mineral pesado a granel. Si se deja una loma del mismo en la bodega, ésta puede correrse hacia un lado durante la primera inclinación provocada por una ola gigante y después el barco se sigue inclinando más y más en esa dirección inicial hasta que se vira totalmente. Para evitarlo, después de cargar el mineral, se introduce en la bodega un pequeño tractor con su operario para aplanar completamente la carga y evitar su corrimiento durante una posible tormenta.
El asunto era que el segundo de a bordo estaba encargado de controlar la carga y como se había ajumado aquel día en Nícaro, no se acordaba si habían metido al tractorista adentro o no. Yo le rogué que tratara de recordar o por lo menos que me mostrase como subir a los botes salvavidas. El tipo seguía llorando y me confesó que hacía un año, por otra borrachera, había sido bajado de primero de a bordo, responsable de navegación, a segundo y que si ahora se hundía el barco, lo iban a botar de la flota. Yo traté de consolarlo diciéndole que si se viraba el buque en esa tormenta no era probable que sobreviviera, así que no lo iban a poder echar de ningún lado. Parece que el tío no entendió mi razonamiento, porque empezó a llorar más fuerte todavía.
Así siguió derramando lágrimas hasta que al fin amainó la tormenta y se tomó un vaso de vodka que le traje de mi camarote...
Friday, February 1, 2013
Orientación Sexual
Tenía yo una novia que vivía en el
segundo piso de una casa en la calle Teresa Blanco al sur de la Calzada de
Luyanó en la Habana de mis sueños. Era una de esas novias ignorantes y
mayorcitas que tienen los muchachos de quince. La muy bruta, a pesar de sus
dieciocho años, ni siquiera sabía que era mi novia. Ya la había visitado una
vez acompañado de una amiga común. Sin dudas su familia era acomodada, me
impresionó el tocadiscos automático: los discos gordos de aquella época se
escuchaban uno tras otro sin necesidad de molestar la parte horizontal de la
espalda.
Pues bien, no sé cual de las dos amigas consiguió un día papeletas para un programa popular de radio en una emisora situada en la calle Infanta llamada Radio Progreso. No recuerdo el nombre del programa, sólo se quedó en mi mente su estribillo comercial que decía: "...es la pausa que refresca... -marca registrada de soda-..."
Llegamos a tiempo, nos sentamos en las butacas asignadas. Al rato empezó un sorteo: alguien del público presente podría participar en el concurso del gran premio. A mí, que siempre he sido un desastre en cuanto a rifas y loterías, me tocó sentarme en el asiento ganador. No podía creerlo, pero me fui al escenario con aire de triunfador. La gente envidiosa me aplaudía con delirio.
Me explicaron que la tarea sería sumamente fácil: tenía que adivinar el nombre de una canción al oír su melodía. No niego que estaba algo nervioso, pero me sentía bastante seguro de la victoria. Empezó la orquesta: ta-ra-ra-ra...ta-ra-rá...ta-ta...ta-ta. Las letras del tanguito me empezaron a llegar de muy adentro: ..."en cuanto le vi, yo me dije para mí..." Y en ese momento salió un grito de mi garganta vencedora: "ES MI HOMBRE".
Enseguida me di cuenta de lo que había hecho, pero ya esas palabras fatídicas, amplificadas por el micrófono, flotaban en el aire de la sala y, lo que era peor, habían salido a recorrer la Isla. El premio preparado fue un lindo par de medias de señora. Salí de la emisora sin despedirme de mi novia y no la volví a ver nunca jamás...
Pues bien, no sé cual de las dos amigas consiguió un día papeletas para un programa popular de radio en una emisora situada en la calle Infanta llamada Radio Progreso. No recuerdo el nombre del programa, sólo se quedó en mi mente su estribillo comercial que decía: "...es la pausa que refresca... -marca registrada de soda-..."
Llegamos a tiempo, nos sentamos en las butacas asignadas. Al rato empezó un sorteo: alguien del público presente podría participar en el concurso del gran premio. A mí, que siempre he sido un desastre en cuanto a rifas y loterías, me tocó sentarme en el asiento ganador. No podía creerlo, pero me fui al escenario con aire de triunfador. La gente envidiosa me aplaudía con delirio.
Me explicaron que la tarea sería sumamente fácil: tenía que adivinar el nombre de una canción al oír su melodía. No niego que estaba algo nervioso, pero me sentía bastante seguro de la victoria. Empezó la orquesta: ta-ra-ra-ra...ta-ra-rá...ta-ta...ta-ta. Las letras del tanguito me empezaron a llegar de muy adentro: ..."en cuanto le vi, yo me dije para mí..." Y en ese momento salió un grito de mi garganta vencedora: "ES MI HOMBRE".
Enseguida me di cuenta de lo que había hecho, pero ya esas palabras fatídicas, amplificadas por el micrófono, flotaban en el aire de la sala y, lo que era peor, habían salido a recorrer la Isla. El premio preparado fue un lindo par de medias de señora. Salí de la emisora sin despedirme de mi novia y no la volví a ver nunca jamás...
Thursday, November 22, 2012
El Fantasma
Tenía abultados los bolsillos después de concluir un par de buenos negocios y, para no llamar la atención de algún ratero, decidí comprar una casa de campo. Pedí cooperación a un amigo y éste dijo que en su aldea natal acababa de morir de borracheras un parroquiano y que la hermana de aquel, vecina y única heredera, estaba vendiendo la casa del alegre difunto.
Yo nunca había creído en apariciones ni cosas por el estilo, así que fui de inmediato a dialogar con la vendedora. Ella, después de mostrarme la casa y el terreno, todo muy bueno por cierto, pidió por la propiedad un precio razonable. Yo le dije, poniendo mi mejor cara de idiota y con lágrimas en los ojos, que aquello valía mucho más de lo que estaba pidiendo, pero por desgracia mi riqueza no llegaba a tanto. La mujer quedó perpleja por mi actitud tan poco tradicional para los cambalaches y aceptó el trato en mis condiciones.
Empecé a visitar mi nueva casa los fines de semana. Las horas del día las pasaba alegremente cultivando verduras, recolectando frutas de los árboles o limpiando el escusado. Pero las noches no eran de mi agrado. Creía oír quejidos y balbuceos por doquier, aunque, con ayuda de mi valentía y unas buenas píldoras, lograba dormir a pierna suelta.
Al caer el invierno dejé de visitar la casa, ya que de todas maneras no tenía nada que hacer por allá. Pero aquel viernes sentí una gran nostalgia por el aire puro que se respiraba en la aldea y quise pasar un fin de semana en mi cabaña. Cuando llegué ya estaba anocheciendo. En la casa hacía tanto frío que me temblaba el estómago. Fui al cobertizo a buscar leña para la estufa y ahí estaba él, tirado encima de los maderos, de cara a la pared y, por suerte, no se movía. No es que yo sintiera miedo en aquel momento, pero sí un gran respeto por lo que aquella aparición pudiera significar para la ciencia. Quería correr, pero las rodillas se me doblaban. Fueron momentos palpitantes. Al fin, no sé de donde saqué fuerzas y me alejé despacio, caminando de espaldas para no perder de vista aquella figura tétrica.
No entré en mi casa, por si las moscas. Fui directo a ver a la vecina y, tratando de ser sensible, le dije con mucho tacto que el espíritu de su hermano estaba acostado tranquilamente en mi cobertizo. Aquella mujer campesina enfureció de repente y salió disparada hacia mi casa gritando palabras no publicables dirigidas a todos los borrachos empedernidos de su cabrona familia. Al poco rato la vi regresar llorando, con su marido a cuestas…
Yo nunca había creído en apariciones ni cosas por el estilo, así que fui de inmediato a dialogar con la vendedora. Ella, después de mostrarme la casa y el terreno, todo muy bueno por cierto, pidió por la propiedad un precio razonable. Yo le dije, poniendo mi mejor cara de idiota y con lágrimas en los ojos, que aquello valía mucho más de lo que estaba pidiendo, pero por desgracia mi riqueza no llegaba a tanto. La mujer quedó perpleja por mi actitud tan poco tradicional para los cambalaches y aceptó el trato en mis condiciones.
Empecé a visitar mi nueva casa los fines de semana. Las horas del día las pasaba alegremente cultivando verduras, recolectando frutas de los árboles o limpiando el escusado. Pero las noches no eran de mi agrado. Creía oír quejidos y balbuceos por doquier, aunque, con ayuda de mi valentía y unas buenas píldoras, lograba dormir a pierna suelta.
Al caer el invierno dejé de visitar la casa, ya que de todas maneras no tenía nada que hacer por allá. Pero aquel viernes sentí una gran nostalgia por el aire puro que se respiraba en la aldea y quise pasar un fin de semana en mi cabaña. Cuando llegué ya estaba anocheciendo. En la casa hacía tanto frío que me temblaba el estómago. Fui al cobertizo a buscar leña para la estufa y ahí estaba él, tirado encima de los maderos, de cara a la pared y, por suerte, no se movía. No es que yo sintiera miedo en aquel momento, pero sí un gran respeto por lo que aquella aparición pudiera significar para la ciencia. Quería correr, pero las rodillas se me doblaban. Fueron momentos palpitantes. Al fin, no sé de donde saqué fuerzas y me alejé despacio, caminando de espaldas para no perder de vista aquella figura tétrica.
No entré en mi casa, por si las moscas. Fui directo a ver a la vecina y, tratando de ser sensible, le dije con mucho tacto que el espíritu de su hermano estaba acostado tranquilamente en mi cobertizo. Aquella mujer campesina enfureció de repente y salió disparada hacia mi casa gritando palabras no publicables dirigidas a todos los borrachos empedernidos de su cabrona familia. Al poco rato la vi regresar llorando, con su marido a cuestas…
Saturday, September 1, 2012
Pobre Blancanieves
Caperucita se dirigía a la casucha de los siete enanos para darle a Blancanieves la buena nueva: había hecho añicos el espejo mágico de su madrastra. Se preguntaba cuales serían las albricias. Quería que su amiga la acariciara, pero Blancanieves era tan seca con ella, aunque la embelesaba con el hechizo de sus ojos azules.
Al fin llegó a la casa, empujó la puerta y entró. Le parecía haber escuchado un ruido en la planta alta y subió sigilosamente.
Lo que vio la dejó horrorizada. Blancanieves estaba acostada desnuda y uno de los enanos se disponía a violarla, mientras sus seis hermanos mantenían inmóvil a la pobre chica. Cuando la erección estaba en su apogeo, el enano cubrió su virilidad con un calcetín de nailon como medida de protección y se acercaba a la joven para ejecutar su malvado designio. Caperucita no esperó más, ella agarró un bastón que tenía a mano y entró al dormitorio gritando improperios a los pigmeos pervertidos del bosque y repartiendo palos por doquier. Los enanos bajaron las escaleras atropellándose y salieron corriendo de la casa.
Después de calmarse, Caperucita miró con ternura a su amiga y dijo: -"Llegué a tiempo". Blancanieves contestó en voz muy baja: -"Sí, fuiste muy oportuna, ya sólo quedaba el último enano y yo estaba completamente extenuada"…
Al fin llegó a la casa, empujó la puerta y entró. Le parecía haber escuchado un ruido en la planta alta y subió sigilosamente.
Lo que vio la dejó horrorizada. Blancanieves estaba acostada desnuda y uno de los enanos se disponía a violarla, mientras sus seis hermanos mantenían inmóvil a la pobre chica. Cuando la erección estaba en su apogeo, el enano cubrió su virilidad con un calcetín de nailon como medida de protección y se acercaba a la joven para ejecutar su malvado designio. Caperucita no esperó más, ella agarró un bastón que tenía a mano y entró al dormitorio gritando improperios a los pigmeos pervertidos del bosque y repartiendo palos por doquier. Los enanos bajaron las escaleras atropellándose y salieron corriendo de la casa.
Después de calmarse, Caperucita miró con ternura a su amiga y dijo: -"Llegué a tiempo". Blancanieves contestó en voz muy baja: -"Sí, fuiste muy oportuna, ya sólo quedaba el último enano y yo estaba completamente extenuada"…
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